La Guerra Psicológica del sur de Chile

“Las victorias de los terroristas no se miden en la cantidad de camiones quemados, sino en la capacidad de atraer nuestra atención hacia su causa”

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El terrorismo, mediante la violencia, deliberadamente usa el miedo con objetivos políticos, por tanto no sería exagerado señalar que constituye una forma de guerra psicológica, donde cada atentado es un acto comunicacional para promover una causa e influir sobre audiencias específicas. En este contexto, en el caso de La Araucanía, los violentistas promueven la liberación nacional del pueblo mapuche, que consta de autonomía política y control sobre territorio; como objetivos políticos, que supuestamente representan ansiados anhelos de su pueblo, en cuyo nombre actúan.

Cada ataque terrorista busca la mayor publicidad y atraer la atención de la opinión pública hacía su causa, y es justamente en ese punto en que se mide su éxito. Desean conseguir la atención de la prensa, por lo que incrementan la intensidad del uso de la violencia, y en función de ello planifican su estrategia y los atentados que de ella se derivan. Las victorias de los terroristas no se miden en la cantidad de camiones quemados, sino en la capacidad de atraer nuestra atención hacia su causa.

El atentado, como acción de propaganda, no se dirige sólo a sus afectados directos e inmediatos, sino también a la opinión pública, para que el hecho sea amplificado por los medios de comunicación. Se trata de una planificada puesta en escena que requiere de cámaras y de noticieros que informen del hecho, generando conmoción pública.

El terrorismo desarrollado en la denominada zona de conflicto genera efectos psicológicos, como intimidar a sus audiencias e influir sus comportamientos, por ejemplo atemorizar a los agricultores para forzarlos a abandonar sus tierras, como también inhibir la inversión privada debido a la incertidumbre que genera la permanente violencia. Los actos terroristas son propaganda por el hecho, ya que cada acción supera, en su impacto, a lanzar cientos de panfletos. En el caso del conflicto mapuche, los terroristas han seleccionado como audiencias a: Agricultores, empresas forestales, Estado e Iglesia, y en definitiva al capitalismo como responsable del sometimiento, atropellos y usurpación al pueblo mapuche.

Las acciones violentas en su dimensión propagandística tienen la capacidad de generar un efecto movilizador en la base social del movimiento mapuche, influyendo en aquellos individuos que han atravesado por un proceso de radicalización violenta para pasar del activismo digital a la ejecución de atentados incendiarios, y de facilitar el enganche a una célula. La difusión de los ataques a la audiencia radical despierta la admiración e interés en forjar un compromiso activo con la lucha de resistencia y liberación.

Los terroristas que operan en la llamada zona de conflicto mapuche, diseminan un mensaje y una retorica para ser percibidos como luchadores por la libertad y no como meros terroristas, por lo cual diseñan discursos que justifican la violencia, mostrándola como necesaria para lograr los objetivos políticos. Entre las características más evidentes de esta propaganda se encuentra el desplazar la responsabilidad de los atentados hacia las propias víctimas, aduciendo, por ejemplo, que los atentados incendiarios a maquinaria productiva se debe al saqueo e invasión al Wallmapu, generándose contaminación y un detrimento en la calidad de vida de las comunidades mapuches. Estos hechos son presentados como acciones de represalia y sobre todo como medidas defensivas, y necesarias, ante un enemigo opresor que intenta aniquilar al pueblo mapuche.

El movimiento radical mapuche si bien no han usado en forma intensiva el internet, para diseminar su mensaje, desarrollan sitios que enfatizan supuestos atropellos al pueblo mapuche, como represión policial en allanamientos a comunidades, resaltado la imagen de comunidad víctima, y además se solidariza con los denominados presos políticos mapuches, que dicho sea de paso no son presos de conciencia, sino condenados por la comisión de delitos. Estas páginas están diseñadas para varias audiencias: Pueblo mapuche, para ampliar adhesión a la causa, es decir ampliar la base social de apoyo; comunidad internacional, a fin de internacionalizar la causa, generar apoyos, como pudiese ser recursos financieros de ONGs europeas, y en definitiva para mostrarle al mundo la imagen de un pueblo sometido que dignamente libra una lucha contra un poder central. El esfuerzo está orientado a las percepciones de las audiencias, es una puesta en escena para ganar mentes y corazones.

En estricto rigor, las acciones terroristas perpetradas en tres regiones del país no son exactamente Guerra Psicológica, ya que ésta no implica el empleo de la violencia en forma directa, por lo que se le apoda como “guerra sin fusiles”, no obstante, los atentados incendiarios -sistemáticos y secuenciales- pueden ser entendidos como acciones psicológicas para orientar conductas. El terrorismo nacionalista mapuche es una método de influencia socio-político, es decir, un método de presión para forzar a la sociedad a acceder a sus demandas, originadas en motivaciones ideológicas, fundadas en el patriotismo en su colectivo de referencia y en una visión sesgada de la realidad.

En esta suerte de guerra psicológica el gobierno ha desplegado su táctica comunicacional de negar que la violencia de La Araucanía pueda ser calificada como terrorismo, por lo que utiliza el eufemismo de “violencia rural” para evitar el empleo del bochornoso concepto que podría traer costos electorales y conflictos al interior de la coalición gobernante; obteniendo en dicha maniobra excelentes resultados, ya que incluso lo emplean las propias víctimas y uniformemente la mayoría los medios de comunicación. El concepto Violencia Rural fue repetido y socializado hasta que logró ser instalado sin discusiones, por tanto en Chile hoy categóricamente se puede afirmar que no existe terrorismo sino solamente Violencia Rural.

Sobre la base de lo anterior,  en esta guerra psicológica, y por consiguiente comunicacional, va ganando el movimiento del indigenismo nacionalista y radical, lo cual se evidencia en la relativización del problema por parte del gobierno y la sociedad, ya que se caratula el fenómeno como delincuencia común, negando que se trate de violencia política; de hecho, frente a los atentados de iglesias y a la propiedad privada, no está  la sociedad chilena masivamente condenando el terrorismo en grandes marchas por las principales ciudades del país, y no es la mayoría de la ciudadanía apruebe las tácticas terroristas, sino que ha ganado terreno la percepción de comunidad víctima y oprimida. En este sentido, emplear el concepto de terrorismo hoy pareciera no tener ninguna cabida y ello también es un triunfo de quienes emplean la violencia, en términos del manejo de percepciones.

El terrorismo en la zona de conflicto ha impactado la vida cotidiana, la seguridad de la población y la economía, por lo cual, se requiere de una respuesta tanto estatal como social frente a este fenómeno, lo que implica desarrollar comunicación efectiva que le reste credibilidad al mensaje terrorista, pero evitando la estigmatización del pueblo mapuche y fomentando el dialogo intercultural.

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