Proceso de desarrollo del Movimiento Nacionalista Mapuche

mapuches_temucuicui_duran09_caja

Es difícil establecer con exactitud el inicio del actual movimiento nacionalista mapuche que adscribe a uso de la táctica terrorista, ya que en esta historia confluyen diversos hechos y actores, gestándose su evolución desde la revalorización de lo cultural hasta la actual utópica aspiración de reconstrucción nacional dotada de autonomía política.

El Encuentro de Nueva Imperial, realizado en 1989, que sostuvo Patricio Aylwin como candidato de la Concertación con representantes de los pueblos originarios, como base para articular la política indígena en el periodo de la transición democrática, estableció acuerdos que fueron ratificados por los representantes mapuches que asistieron a dicho encuentro. Este hecho político cobra relevancia no sólo por su impacto en la relación entre el Estado y las comunidades mapuches, y consiguientes políticas públicas, sino también en la generación de aspiraciones y dimanadas de un grupo social que padecía discriminación y empobrecimiento económico, habiéndose incubado en algunos de sus sectores el resentimiento.

En la década de los 90, en el nuevo escenario de la transición, surgió al interior del mundo mapuche, liderazgos que apuntaban a la revalorización de la cultura mapuche con un marcado interés en potenciar las autoridades tradicionales y rescatar la tradición histórica, incluyendo las expresiones de religiosidad. Esta noción de “lo mapuche” estaba asociada inherentemente a lo político, respecto a asumir la identidad colectiva mapuche y al sentimiento nacionalista que de ello deriva. Es así como actividades culturales o religiosas tenían un componente político orientado a la diferenciación de la cultura chilena y a crear conciencia de la condición de pueblo oprimido y usurpado. Esta movilización, como caldo de cultivo a la expresión de terrorismo que hoy afecta a tres regiones del país, se produjo en un contexto post-dictadura en que las autoridades manifestaban su disposición a abrir canales de participación y restablecer derechos tras el largo periodo autoritario.

De la mano con el inicio de esta etapa se funda el Consejo de Todas las Tierras (Aukín Wallmapu Ngulam), a partir de la Comisión Quinientos Años de Resistencia, que fuera una organización radical que sentaría las primeras bases tanto en lo ideológico como en la convergencia de individuos adeptos al indigenismo autonomista. Entre las principales reivindicaciones estaba la demanda por tierras, cuyo despojo sitúan en el proceso de Ocupación de La Araucanía en 1861, que significó una considerable pérdida de territorio para los mapuches, dando origen a la posterior colonización de chilenos y también europeos en dichos territorios.

El Consejo de Todas las Tierras inició sus actividades políticas predicando acerca de los derechos como pueblo, como la autonomía y el territorio; además, instauró estructuras políticas basadas en las autoridades tradicionales y la organización territorial en lof. Con esta estrategia se persigue “crear conciencia” y “acumular fuerzas”.

A través del Consejo el reclamo por tierras se efectuaba como organización, es decir, con la capacidad de movilizar y aglutinar a los sectores más radicalizados del mundo mapuche, bajo el liderazgo de Aucan Huilcaman, impulsan lo que denominaron proceso de recuperación de tierras, desarrollándose marchas y manifestaciones públicas. Se estaba dando forma a los postulados políticos mapuches, los que eran diseminados en centros de educación, comunidades y en actividades culturales, por tanto, la principal contribución de esta organización para la radicalización del movimiento y el futuro surgimiento de la Coordinadora de Comunidades en Conflicto Arauco-Malleco (CAM), es la diseminación ideológica respecto a conceptos como nación y autodeterminación.

Uno de los elementos interesantes en esta etapa es en el plano de lo simbólico, como medio de cohesión, por la fusión entre lo religioso (o místico) con la política, pues los rituales de antaño eran parte de actividades de naturaleza política como inherentes de la lucha mapuche, por tanto, los jóvenes militantes asumían los postulados ideológicos como esenciales a esa identidad que los unificaba como pueblo.

En lo simbólico no se escatimó en buscar elementos que posibilitaran construir dicha identidad, como el nombramiento de autoridades tradicionales, rituales religiosos, la creación de una bandera, relatos que rescataban la tradición cultural, entre otros, como parte de una cultura política dotada de un aura sagrada.

No obstante lo anterior, el Consejo fue disminuyendo su influencia y el monopolio de la representatividad, frente a jóvenes militantes que aspiraban a una política de mayor confrontación con el Estado y con el enemigo que habían identificado: el neoliberalismo, representado en el territorio mapuche por empresas y agricultores, quienes constituían una amenaza a la supervivencia del pueblo mapuche. Estos activistas ven con admiración el levantamiento en Chiapas por parte del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en 1994; incluso, para apartarse de la estrategia del Consejo forman la Coordinadora Territorial Lafkenche, y en 1996 la Coordinadora Territorial Arauco, la cual es antecesora de la Coordinadora de Comunidades en Conflicto Arauco- Malleco.

En la fundación de la CAM, como organización que emplea la táctica terrorista, fue determinante Héctor LLaitul, quien en 1994 renunció al Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) para dedicarse a la causa mapuche. La vinculación del ex frentista con los militantes de una organización estudiantil llamada Pegun Dugun posibilitó ir generando una base de activistas, que serían futuros militantes de la CAM.

Un hecho importante que marca el inicio de la violencia es la quema de tres camiones de la Forestal Arauco en la comuna de Lumaco, ocurrido el 01 de diciembre de 1997, donde un grupo de comuneros intimidaron con escopetas a los conductores y los instaron a huir para luego rociar con combustible los vehículos e incendiarlos. Sin lugar a dudas, este es el punto de inflexión respecto al uso de tácticas terroristas por parte del movimiento mapuche, pues muchos sectores radicales abogaban por el empleo de la violencia política como medio para visibilizar sus posturas y alcanzar sus reivindicaciones.

Con la movilización generada por la quema de camiones y el creciente interés de comuneros por adherir a esta nueva forma de lucha, es que a fines de 1998 se funda la Coordinadora Arauco-Malleco, como organización revolucionaria y anticapitalista, cuyos medios de acción son la violencia, como atentados incendiarios, tomas de predios y enfrentamientos con la policía. La CAM proclamaba su lucha como el único camino para enfrentar lo que consideraban el exterminio del pueblo mapuche por los efectos del sistema económico, prometiendo para las postergadas y empobrecidas comunidades la redención, y la idealizada reconstrucción de una nación mapuche, que traería justicia y prosperidad. En definitiva, esta organización fue percibida por los jóvenes mapuches como una oportunidad de ser protagonistas en re-escribir la historia de su pueblo y alcanzar una seductora utopía. Cabe precisar que, de acuerdo a la experiencia internacional, uno de los factores que impulsan a individuos a unirse a organizaciones terroristas es la identificación con una causa, asociada a un colectivo de referencia considerado en condición de víctima.

En el contexto de esta “nueva forma de hacer política”, en 1999 se impulsa la recuperación (tomas) de tierras, extendiéndose dichos episodios en distintos puntos de lo consideraban Wallmapu (territorio mapuche). Estas acciones violentas fueron imitadas por otras organizaciones ajenas a la CAM que adherían a los postulados autonomistas, como también por comunidades que no necesariamente aspiraban a la liberación nacional del pueblo mapuche, sino simplemente como medio de presión para reclamar determinados predios agrícolas. Claramente la CAM estaba liderando estas acciones, pero la particularidad es que en su accionar no busca la negociación, ya que impulsa una estrategia de confrontación violenta.

A partir del año 2000, en el gobierno de Ricardo Lagos se generan políticas públicas orientadas a mejorar las condiciones de vida de las comunidades mapuches, como el Programa Orígenes y la oferta pública de la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (CONADI), que incluye la compra de tierras. Dichas políticas generan una pérdida de poder para el movimiento autonomista, pues algunas agrupaciones se desmovilizaron en cuanto al uso de la violencia para acceder a los beneficios estatales. La CAM, no obstante, mantiene sus postulados ideológicos y tácticas de lucha, pese a que policial y judicialmente fueron perseguidas sus actividades. Para el año 2002, muchos de sus dirigentes y militantes se encontraban en prisión, como consecuencia de sus delitos, entre los que se encuentran quemas de plantaciones forestales e infraestructura productiva; siendo denominados por la organización como “presos políticos mapuches”, tal como si se tratara de presos de conciencia.

Es el 2002 cuando fallece el joven militante de la CAM Alex Lemún, en la toma de un fundo en Ercilla, tras recibir un perdigón por parte de carabineros. Este es el primer mártir de la organización, y producto de ello fueron incrementadas las acciones violentas, aumentando el potencial de movilización de la causa mapuche, con lo que se suman nuevos militantes. Dicho incremento en el potencial de violencia, origina acciones judiciales contra la organización, y por consiguiente, un vuelco hacia una faceta clandestina.

Un duro golpe a la organización ocurrió los años 2006 y 2007, cuando son encarcelados importantes dirigentes de la llamada dirección histórica, entre los que se encuentra uno de sus fundadores, Héctor Llaitul, disminuyendo su capacidad operativa y la moral de sus militantes. En este escenario adverso para la CAM, el 03 de enero de 2008 fallece un segundo integrante, Matias Catrileo, mientras se encontraba participando de una “recuperación territorial”; hecho que contribuye a cohesionar al movimiento autonomista y genera sentimientos de ira e indignación moral que, al igual que en el primer caso, dota de mayor potencial movilizador al movimiento mapuche.

Fueron muchos los jóvenes y comuneros mapuches que abandonarán los estudios y obligaciones laborales para desarrollar su rol de militante de la CAM, con la convicción que está cumpliendo la misión histórica de lograr la autodeterminación de su pueblo. Así, los weichafes (guerreros mapuches) con el fanatismo propio de cualquier causa nacionalista y segados por la ideología, dedican sus esfuerzos a liberar a su colectivo.

A partir del año 2010, la CAM ya se encuentra descentralizada en células denominadas órganos de resistencia territorial (ORT), que operan en los diferentes territorios, para con relativa autonomía, según directrices de la organización, ejecutar atentados y ataques incendiarios. En general, entre los factores que diferencian el accionar de esta organización, respecto a periodos anteriores es que crecientemente se comienza a observar el uso de armas de fuego, como también una evidente mejor preparación táctica de los militantes.

El hecho que reviste mayor gravedad se produce el 04 de enero de 2013 cuando es asesinado, en un ataque incendiario, el matrimonio de agricultores conformado por Werner Luchsinger y Vivianne Mackay, en el contexto del aniversario de la muerte de Matias Catrileo. Además de lo horrendo del crimen, es la primera vez que un atentado en La Araucanía tiene resultado de muerte para sus víctimas. Cercano a esa fecha es atacado con disparos un helicóptero que combatía un incendio forestal, presumiblemente causado en forma intencional, en la comuna de Collipulli, siendo heridos tres brigadistas que iban como tripulantes de la aeronave.

Actualmente, la violencia derivada del denominado conflicto mapuche (o “violencia rural” como eufemísticamente prefiere llamarla en gobierno) se encuentra en escalada y no se vislumbra en el corto plazo su final. De hecho, en el presente año salió a la luz pública la agrupación terrorista Weichan Auka Mapu, la cual operaría desde el 2013, y que desde marzo inició atentados a iglesias, luego del desalojo del Seminario Mayor San Fidel en Padre Las Casas, el cual se encontraba tomado desde hace dos años por el Lof Mapu Rofue. Ese hecho marca el inicio del ataque a iglesias (a la fecha han sido quemadas 18) de la mano de un nuevo actor que forma parte del movimiento autonomista mapuche.

La emergencia de nuevos actores al interior del movimiento mapuche, dice relación con su naturaleza política, y a partir de ello con liderazgos y por tanto con diferencias en la definición de estrategias, aún cuando el fin último sea el mismo. En este sentido, en septiembre de 2016 el grupo Lof Lleupeko Katrileo, desconocido por la opinión pública hasta ese momento, a través de un comunicado, se adjudicó el ataque a un centro de eventos en la comuna de Vilcún, el cual terminó con dos personas fallecidas, como parte de lo que denominaron como lucha armada por la recuperación de tierras en La Araucanía. En el hecho fallecieron el hijo del dueño y también uno de los comuneros que habría ingresado al local disparando. El texto, refiriéndose al fallecido, señalaba: “El comando de asalto, encabezado y dirigido por nuestro peñi, buscaba contribuir con este gesto político-militar a la lucha del pueblo mapuche por la recuperación de sus derechos en el Wallmapu”.

Pese a diferencias en estrategia y capacidad táctica, las dos principales orgánicas de este movimiento operan con células en red, con relativa autonomía, bajo una suerte de resistencia no dirigida, donde cada célula toma la iniciativa, a partir de las directrices generales fijadas por su organización. Pese a ello, se trata de acciones que son planificadas tanto en la definición de sus ejecutores, logística como en medidas de seguridad, lo que es propio de una actividad que se realiza en forma encubierta.

A modo de conclusión, es indudable que los postulados de la autodeterminación y recuperación territorial fueron diseminados por la Coordinadora Arauco-Malleco, adquiriendo un rol muy relevante en el proceso de radicalización violenta de una generación de mapuches. Hoy, la ideología que justifica la violencia se encuentra extendida, con un potencial de violencia en incremento, cuya evolución dependerá de los recursos (simbólicos, humanos y materiales) que logren movilizar. En este sentido, el Estado ha carecido de la capacidad de diseñar políticas que generen una respuesta política, social y de seguridad ante este complejo escenario.

ataque-incendiario-forestal-contulmo-encapuchados-vehiculos