Reflexiones en torno a los procesos de Radicalización Violenta

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Siendo las 14:05 hrs. del 08 de septiembre de 2014 estalló un artefacto explosivo en el centro comercial continuo a la estación del Metro Escuela Militar, dejando un saldo de 14 personas lesionadas. El artefacto estaba compuesto por pólvora negra en un extintor, con sistema de relojería. En diciembre de 2017 la justicia determinó que el responsable de este atentado, calificado como terrorista, es el anarquista Juan Flores Riquelme. La pregunta que surgen es: ¿Cómo es posible que una persona, sobre la base de postulados ideológicos, cometa una acción de esa naturaleza?

Contrario a lo que se pudiese pensar, las personas que se involucran en actividades terroristas no padecen patologías psicológicas, de hecho, el terrorismo que por su esencia se desarrolla en forma clandestina, exige individuos normales, que sean capaces de seguir instrucciones y entre sus características no esté la impulsividad. En este sentido, y de acuerdo a la experiencia internacional, las actividades terroristas deben analizarse desde la psicología social, con énfasis en la identidad colectiva y la interacción grupal.

La radicalización violenta es el proceso mediante el cual un individuo asume una ideología que justifica el uso de la violencia para alcanzar objetivos políticos o ideológicos, lo que en muchos casos lleva a implicarse en actividades terroristas, aunque no necesariamente todas las personas radicalizadas se transforman en terroristas. Para quienes la ejercen, la violencia usada como táctica política es un medio que se justifica, tanto en lo moral como en términos de su efectividad para alcanzar los objetivos políticos.

En expresiones de terrorismo de distinto tinte es recurrente que quienes se implican en actividades terroristas, se consideran miembros de un colectivo de referencia víctima de atropellos e injusticias que justifican el empleo del terrorismo. En el caso del etnonacionalismo en el sur de Chile, el colectivo de referencia es el pueblo mapuche, cuya subsistencia se encontraría amenazada a causa del capitalismo, por tanto, los atentados incendiarios son considerados como una forma de lucha legítima a partir de la inferioridad de medios.

Sentirse miembro de una comunidad víctima no necesariamente requiere haber vivido en carne propia injusticias, ya que mediante la memoria colectiva podría traspasarse este sentimiento de agravio de generación en generación, tal como ocurre en el caso de violencia asociada a la causa mapuche donde la actual generación reclama por los atropellos ocurridos durante la Ocupación de La Araucanía en el siglo diecinueve.

El sentimiento de indignación a causa de una injusticia, que pudiese ser real o exagerada, hace que la persona busque soluciones para cambiar esa situación, por lo que la respuesta puede encontrarla en un esquema de pensamiento, una ideología portadora de redención. La adscripción a una determinada ideología puede comenzar con el consumo de contenidos de páginas web radicales. Al respecto, la ideología juega un rol fundamental respecto a la percepción de la realidad en cuanto a la efectividad de la violencia para alcanzar objetivos políticos.

Las redes sociales contribuyen a la radicalización violenta, por la difusión ideológica y también por el hecho de promover la noción de “colectivo víctima”. A modo de ejemplo, las páginas de Facebook de corte etnonacionalista difunden imágenes de allanamientos policiales a comunidades mapuche para mostrar excesos en dichos procedimientos, donde niños son presentados como las principales víctimas de la represión policial, lo que evidentemente en una audiencia de jóvenes mapuches propensos a la radicalización genera potencial de movilización y la reafirmación de su identidad colectiva. Significa sentarlos frente a la pantalla de un computador y decirles “mira lo que le están haciendo a tu pueblo”.

Evidentemente, luego de adscribir a los postulados ideológicos, y sentir la indignación moral, el paso para integrar un grupo terrorista es breve, lo que implica pasar de las consignas a la acción, ejecutando acciones concretas, las que a ojos de los terroristas se encuentran moralmente justificadas, incluso por lo general la responsabilidad del atentado es traspasada a las propias víctimas, al considerarlas como representativas del enemigo que comete los agravios.

Se debe hacer la distinción que no necesariamente todas las personas que se radicalizan cometen actos terroristas, pues pasar a la acción requiere de otros factores que inciden en lo que comúnmente se denomina convertirse en terrorista, como la cercanía con una agrupación y la sociabilización en ideas radicales en el propio entorno, ya sea la familia, amistades y entornos educativos. Concretamente, y a modo de ejemplo, un joven podría iniciarse en los postulados del anarquismo insurreccional si entre sus amigos de universidad hay quienes adscriben a dicha ideología, y lo propio ocurre con jóvenes pertenecientes a comunidades mapuches radicales respecto al etnonacionalismo.

En La Araucanía, la radicalización violenta se genera al interior de determinadas comunidades, hogares estudiantiles, universidades, asociaciones culturales, cárceles, entre otros. Se podría decir que existen entornos radicales propicios para la difusión ideológica, pero sin desconocer el papel que juega internet y las redes sociales en los procesos de radicalización, no obstante, la radicalización se produce en compañía de otras personas, en forma grupal.

Siguiendo con las motivaciones, además de rabia y deseos de venganza, se podría mencionar el sentido de propósito, en relación a darle un sentido a la vida con lo que se cree es un fin superior, como pudiese ser la liberación de un pueblo, lo cual justificaría el empleo de medios violentos. Por esta razón, quien recurre a la táctica terrorista lo hace con el convencimiento de estar haciendo moralmente lo correcto, y además cumpliendo una misión trascendente.

El sentido de propósito y/o indignación, se da en el contexto de percibirse miembro de un grupo más amplio, un colectivo de referencia, ya sea la Umma, el pueblo mapuche, la clase obrera, el pueblo palestino, pudiendo establecerse una larga lista de etcéteras conforme al tipo de terrorismo que se esté analizando. Lo que está claro es que en los procesos de radicalización se asume una identidad colectiva, que facilita reafirmar la propia identidad, y también, deshumanizar a quienes se perciben como enemigos.

Podría establecerse que el haber experimentado un proceso de radicalización violenta es un común denominador para un militante del Estado Islámico y para un militante de la Coordinadora Arauco Malleco, guardando las proporciones respecto a las abismantes diferencias de métodos (en nada comparables) e ideologías entre uno y otro, sin embargo, siguiendo con el ejemplo, en ambos casos se recurre a la violencia como una táctica para lograr objetivos, los que en el primer caso son ideológicos y religiosos, mientras que en el segundo son políticos e ideológicos; pero el rasgo en común es considerar a la violencia cómo único camino legítimo para lograr las reivindicaciones de un colectivo de referencia, sobre la base de criterios de racionalidad, emotividad e identidad.

La radicalización violenta se genera en distintos países, distintas culturas y bajo distintas ideologías; pues es un proceso que experimentan personas que les hace justificar la violencia para fines que pudiesen ser: atacar el poder, librar una lucha de liberación nacional o imponer el dominio de una religión, entre otros. En este sentido, se expresa con diferentes niveles de violencia que pueden ir desde atentados incendiarios hasta ataques suicidas, según el contexto cultural en que se produzca.

En definitiva, las personas que optan por el terrorismo no son, en la mayoría de los casos, enfermos mentales, sino que individuos radicalizados que se han socializado en determinadas creencias y eligen la violencia como método de influencia socio-política. La opción de la táctica terrorista parte desde una posición de inferioridad, ya que dice relación con la incapacidad de imponer los cambios que se desean por vía democrática, o también con la inferioridad de medios en el plano militar para enfrentarse a un Estado.

Contener el fenómeno de la violencia política exige abordar el tema de la radicalización violenta con políticas concretas para prevenirla y contrarrestarla, por ejemplo, desde el ámbito de la educación escolar y las políticas públicas, identificando las condiciones que contribuyen al radicalismo, tal como se ha hecho otros países.

En Chile las políticas de seguridad no abordan los procesos de radicalización violenta, como elemento central de la prevención y contención de la violencia política. Mientras tanto, niños y jóvenes mapuches se radicalizan, como generación de recambio de “weichafes” para continuar la senda de la violencia en el contexto de un conflicto que parece no tener fin, en tanto no se generen respuestas en los ámbitos político, jurídico y policial, en el marco de una estrategia integral.

 

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