La táctica terrorista en La Araucanía

 

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La violencia en el sur ha aumentado su intensidad. Son dos décadas que han generado considerables pérdidas económicas y también cobrado vidas humanas, sin que a corto plazo se vislumbre el término de esta compleja situación que impacta en la condición de seguridad de tres regiones del país.

Los autores dan muestras de organización y coordinación en sus ataques, como también demandas que orientarían su accionar. Frente a este escenario, algunos sectores de la sociedad califican estos hechos como terrorismo, mientras hay quienes afirman que se trataría simplemente de hechos violentos que surgen de un conflicto social, pero que en ningún caso podrían catalogarse de terroristas. En esta discusión, la opción que pretendió zanjar el debate de una forma creativa, por decir lo menos, es la adopción de la ambigua expresión “violencia rural” que por conveniencia el gobierno ha promovido su uso, para así, mediante dicho eufemismo, evitar el concepto de terrorismo, el cual tiene asociada una fuerte carga negativa.

La verdad es que Terrorismo es un concepto confuso, debido a que carece de una definición universalmente aceptada, dando paso a interpretaciones que están condicionadas por quien observa el fenómeno, según sus intereses o esquema de pensamiento. En este sentido, la experiencia internacional demuestra que grupos o individuos que han utilizado la violencia para alcanzar determinados fines políticos, simultáneamente han sido catalogados tanto de luchadores por la libertad como de terroristas. Claro está que, un elemento común es el empleo de la violencia, aunque con propósitos diversos, como pudiesen ser liberar a un pueblo o cambiar el orden establecido, entre otros; por lo que el terrorismo no representa una ideología específica, sino que es un método violento que en el mundo ha sido utilizado incluso en luchas que podrían considerarse como “justas”.

En el sentido de lo anterior, la ausencia de una definición universalmente aceptada, por falta de consenso, ocasiona que los Estados, organismos de seguridad y entidades académicas elaboren sus propias definiciones, las que difieren unas de otras en cuanto a los énfasis respecto a los factores que componen y caracterizan este tipo de violencia, no obstante, ello no indica que sea imposible establecer una definición general sobre la base de la experiencia internacional y desde un prisma académico. Cabe precisar que, la legislación chilena sobre la materia tiene falencias respecto a la definición de terrorismo, incluso la ausencia de delitos de carácter terrorista que incorporan legislaciones de otros países, por tanto, no constituye, en términos teóricos, una adecuada base de referencia para determinar lo que es y lo que no es terrorismo.

Dicho lo anterior, es que pareciera razonable que surja  la controversia respecto a si la violencia que ejercen grupos en el sur, sobre la base de reivindicaciones étnicas, realmente constituye terrorismo. Lo que debe aclararse en primera instancia, es que independiente a la opinión que cada quien tenga acerca de la legitimidad o ilegitimidad de dicha lucha, el terrorismo es una táctica, un método de lucha, que se utiliza en el contexto del denominado conflicto mapuche.

En el mundo la motivación para emplear esta táctica generalmente ha sido política, como también pudiese ser religiosa o ideológica. En el caso analizado, la aspiración política de quienes impulsan acciones violentas entre las regiones del Bío Bío y Los Ríos, principalmente a través de atentados incendiarios, corresponde a lograr la reconstrucción del Pueblo Nación Mapuche, sobre la base de un proyecto político y cultural propio, inspirado en su cosmovisión; proyecto que requeriría de “control territorial” y autonomía política, en pos de lo que denominan “proceso de liberación nacional mapuche”.

La intencionalidad política de las agrupaciones violentas en la denominada zona de conflicto mapuche, se evidencia en panfletos y pancartas que son dejados tras los atentados, como así mismo declaraciones de prensa que difunden en los medios de comunicación y en sitios web en los cuales explícitamente exponen los atentados como parte de una estrategia conducente a la liberación nacional. Esto es fundamental, ya que la diferencia con delincuentes comunes es que éstos últimos buscan lucrar a través de sus actividades delictivas, en lugar de reivindicarlas en el contexto de una estrategia política. Entonces, es correcto asumir que los atentados en el sur son perpetrados por grupos que usan la táctica terrorista.

Una dimensión importante para el estudio de este tipo de violencia política es que la táctica terrorista debe ser entendida como una forma de comunicación, de propaganda para promover una causa y darle publicidad, para así atraer la atención de la sociedad o de determinadas audiencias previamente definidas por quienes despliegan la violencia. En otras palabras, se promueve la liberación nacional del pueblo mapuche, mediante ataques a infraestructura productiva como mensaje a los que consideran representantes del sistema capitalista, como los agricultores y empresas forestales.

Las víctimas no son únicamente quienes reciben los ataques incendiarios contra su propiedad, sino que también lo son aquellos contra quienes se dirigen las acciones de intimidación, por ejemplo, son quemadas casas y galpones de algunos agricultores, pero la intimidación también va dirigida contra los demás agricultores de la zona, aunque no hayan sido blancos directos del ataque.

Según estas agrupaciones, el sistema capitalista estaría exterminando al pueblo mapuche, por lo que los ataques se orientan a detener el circuito productivo, como también blancos por su fuerza simbólica, como es el caso de las iglesias por ser consideradas símbolos de dominación. En general, la intención inmediata del atentado es intimidar, forzar, coaccionar o desmoralizar al enemigo.

Los atentados de la denominada zona de conflicto mapuche, no buscan derrotar al Estado por medio de la violencia, ya que las agrupaciones que emplean la táctica terrorista naturalmente carecen de la capacidad y los medios para superar a éste, sin embargo, sus esfuerzos se orientan a compensar esta relación asimétrica generando temor para presionar por sus demandas políticas asociadas a la liberación nacional. En este sentido, grupos como la Coordinadora Arauco Malleco y Weichan Auka Mapu apuestan por la presión, pero sin un proceso de negociación que implique renunciar a una parte de sus aspiraciones.

Para los autonomistas mapuches la inferioridad no sólo tiene que ver con la escasa capacidad para producir violencia en el plano militar, sino también con el hecho de representar intereses minoritarios, vale decir, sus aspiraciones no concitarían un amplio respaldo de la sociedad, además carecen del poder político para concretarlas, incluso, es razonable cuestionar la adhesión del pueblo mapuche al proyecto nacionalista, pues se trata de una minoría quienes adscriben a esta corriente de pensamiento.

El uso de la táctica terrorista implica que la violencia se ejecuta en forma clandestina, por tratarse de una forma de lucha encubierta, que en La Araucanía se expresa con atentados incendiarios y acciones de sabotaje ejecutados por pequeñas células, luego de un proceso de planificación que incluye selección de blancos. Esta forma de violencia se caracteriza por su aplicación furtiva, dosificada y planificada, como por sus fines políticos y dimensión propagandística.

En el plano individual, los jóvenes mapuches que emplean la violencia para supuestamente liberar a su pueblo y luchar contra el neoliberalismo, se perciben como miembros de un colectivo de referencia víctima, el cual se encontraría en proceso de extinción, por lo que asumen una identidad colectiva, desarrollando sentimientos de odio y deseos de venganza, contexto en que la violencia surge como la única opción posible para redimir y hacer justicia, por tanto la consideran legítima. Por supuesto, en estos procesos de radicalización siempre influye el entorno de cada individuo, su socialización a través de amistades o familiares en la adopción de esta identidad e ideas.

En definitiva, sobre la base de la experiencia internacional, se puede afirmar que el terrorismo es una táctica consistente en la ejecución de acciones puntuales de violencia con fines políticos, religiosos o ideológicos, para influir sobre determinadas audiencias. La táctica terrorista es un método de influencia socio-política, que se aplica en forma encubierta, para modificar el orden establecido, que en el caso analizado es el detrimento al pueblo mapuche que ocasionaría el capitalismo en términos económicos, culturales y políticos.

El terrorismo no es una receta estándar, por lo que la forma específica en que se manifiesta el terrorismo nacionalista mapuche no necesariamente debe tener similitud exacta con otras expresiones de terrorismo para ser considerado como tal, pues cada cual tiene sus propias especificidades dadas por el lugar donde se produce, sus circunstancias históricas y culturales, y medios disponibles, ideología y capacidad de extender dicha ideología en el colectivo de referencia. Lo importante, independiente a sus particularidades que adopte, es identificar, conforme  a definición y características, la presencia del terrorismo en cuanto a táctica.

El concepto de terrorismo es evitado deliberadamente por amplios sectores de la sociedad chilena debido a  motivos políticos y emocionales, además erróneamente es considerada la variable de “legitimidad” como decisiva a la hora de clasificar o no de terrorismo la violencia de connotación mapuche en las regiones del Bío Bío, La Araucanía y Los Ríos; sin embargo, es evidente que se está en presencia del empleo de la táctica terrorista.

Ataque incendiario a camiones y maquinaria en Temuco

Hacia una estrategia de contención de la violencia en La Araucanía

 

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Recientemente los gremios de la región de La Araucanía, ante la Comisión de Seguridad del Senado, solicitaron a las autoridades “pasar del diagnóstico a las medidas” respecto a la contención de la violencia política que afecta a la zona, reclamando el diseño de una Política de Estado, que incluya modificaciones a la legislación vigente para perseguir judicialmente estos delitos con mayor eficacia.

Lo cierto es que Chile no dispone de una estrategia para enfrentar la violencia política del sur, desde la perspectiva de generar condiciones de seguridad, sobre la base de la prevención y la articulación de una respuesta proporcional en el contexto del Estado de Derecho. En este sentido, y de acuerdo a la experiencia internacional, uno de los elementos centrales que debiese considerar una estrategia en esta materia es la radicalización violenta, es decir, abordar las causas y factores que llevan a un individuo a adoptar una ideología que justifica el uso de la violencia con fines políticos.

Sobre la base de lo anterior, es fundamental distinguir que la violencia que se desarrolla en tres regiones del país, en el contexto del denominado conflicto mapuche, es perpetrada por sectores minoritarios del mundo mapuche que no representan al conjunto de su pueblo. Los sistemáticos actos de violencia llevados a cabo por agrupaciones como la Coordinadora Arauco Malleco o Weichan Auka Mapu, son empleados como táctica política para alcanzar determinados objetivos ideológicos que dicen relación con la liberación nacional del pueblo mapuche, asociada a conceptos como control territorial y autonomía política; además de constituir una lucha contra el sistema económico capitalista, según han señalado dichas organizaciones.

Este es un tema complejo pues se corre el riesgo de, erróneamente, estigmatizar a todo un pueblo o amplios sectores de éste, por tanto, la respuesta debe ser proporcional,  enmarcada en el Estado de Derecho y en el estricto respeto a los Derechos Humanos. En este sentido, lo que tampoco admite dudas es la urgente necesidad de formular una estrategia, que establezca respuestas políticas, jurídicas y policiales; con una lógica de coordinación y complementariedad entre dichas respuestas.

La estrategia requerida debiese contener medidas concretas orientadas a contener y erradicar las expresiones de violencia política que llevan a cabo grupos radicalizados que adscriben a la autonomía del pueblo mapuche y cuya expresión típica son los atentados incendiarios a vehículos, infraestructura productiva e iglesias, ente lo cual se requiere reforzar las capacidades nacionales e incorporar elementos de la experiencia internacional, interviniendo en las siguientes líneas de acción:

Prevención: Desde las políticas públicas abordar y prevenir la radicalización violenta, a partir de las condiciones que contribuyen a implicarse en actividades terroristas, como pudiese ser la falta de oportunidades para los jóvenes de la zona de conflicto.

En el ámbito de la prevención, también es recomendable evitar la concentración de reos, condenados por delitos de connotación indígena, en cárceles de la región de la Araucanía, a fin de impedir la construcción de focos de radicalización violenta (contagio ideológico), entre otras medidas que pudiesen diseñarse en esta línea.

Persecución: Utilizar de manera eficaz la información de inteligencia, como la de fuentes humanas, que incluye acciones de infiltración, para desbaratar organizaciones violentas en las regiones del Bío-Bio, La Araucanía y Los Ríos, llevando ante la justicia a quienes cometen atentados. Para esto es fundamental la coordinación y adecuada diseminación de inteligencia entre los organismos responsables de la materia, dado que la función de inteligencia es la principal herramienta en la contención de la actividad terrorista.

Respecto a la ley que determina conductas terroristas y fija su penalidad, se requiere efectuar modificaciones, por ejemplo, respecto a la definición de terrorismo en relación a sus fines políticos, en lugar de su propósito de causar temor; como también incluir delitos no considerados por la actual ley, como son la colaboración con actividades terroristas o con organizaciones o grupos terroristas en cuanto a apoyos materiales, no financieros, en los casos donde se provee de refugio, medios de transporte, armamento, entre otros, además de incluir como delito el reclutamiento y adiestramiento con fines terroristas. La exigencia para una mayor eficacia de esta normativa es modernizarla de acuerdo a estándares internacionales.

En el sentido de lo anterior, también existe la necesidad de potenciar los instrumentos de investigación como es el uso de agentes encubiertos para investigaciones relativas a actividades terroristas, tal como se establece en la ley que sanciona el tráfico de estupefacientes.

En la persecución de estos delitos en términos policiales, debe cautelarse que no sean cometidos excesos, ya que, además del marco ético en que debe desarrollarse esta labor, la experiencia internacional indica que una respuesta desproporcionada le otorga mayor potencial de movilización a los grupos violentos, por tanto, medidas que han sido sugeridas por parte de las víctimas, como establecer el Estado de Excepción en las zonas afectadas, agudizarían el problema, ya que además del incremento en la capacidad de movilización, se atentaría contra las libertades individuales, y por consiguiente contra el propio sistema democrático.

Protección: Despliegue de medidas que garanticen el Estado de Derecho, adoptando providencias en materia de seguridad razonables, para proteger a las personas, infraestructura productiva y la propiedad privada y pública. La protección debe posibilitar el desarrollo normal de las actividades económicas y productivas en las regiones mencionadas.

Comunicación: Restar credibilidad al mensaje violentista y promover diálogo inter-cultural, incluyendo medidas que contribuyan a evitar la discriminación al pueblo mapuche, de modo tal de separar ante la opinión pública a los terroristas respecto de su colectivo de referencia.

Superar el denominado Conflicto Mapuche no puede ser abordado exclusivamente con políticas públicas orientadas a la seguridad, pues es una problemática con distintas dimensiones y con actores con diferentes demandas. Concretamente, debe ser entendido como el conflicto social entre comunidades y organizaciones de la etnia mapuche con el Estado chileno, sobre la base de reivindicaciones que provienen desde la época del proceso de la ocupación de La Araucanía en adelante, lo cual obliga al Estado, y a la sociedad chilena, a repensar políticas de reparación factibles y surgidas de un proceso de diálogo, distintas a la compra de tierras, cuya esencia sean políticas de compensación en los planos político y de desarrollo económico; como así mismo abordar el fenómeno de la violencia política, con las herramientas descritas en las líneas precedentes, que es ejercida por el minoritario movimiento nacionalista, y sus organizaciones, quienes aspiran a la autonomía política del pueblo mapuche.

En definitiva, el esfuerzo se debe orientar a diseñar una propuesta integral, que abarque mecanismos para alcanzar condiciones de seguridad, y al mismo tiempo proveer soluciones de fondo para un problema no resuelto, respecto a la relación entre el Estado chileno y los pueblos originarios.

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Proceso de desarrollo del Movimiento Nacionalista Mapuche

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Es difícil establecer con exactitud el inicio del actual movimiento nacionalista mapuche que adscribe a uso de la táctica terrorista, ya que en esta historia confluyen diversos hechos y actores, gestándose su evolución desde la revalorización de lo cultural hasta la actual utópica aspiración de reconstrucción nacional dotada de autonomía política.

El Encuentro de Nueva Imperial, realizado en 1989, que sostuvo Patricio Aylwin como candidato de la Concertación con representantes de los pueblos originarios, como base para articular la política indígena en el periodo de la transición democrática, estableció acuerdos que fueron ratificados por los representantes mapuches que asistieron a dicho encuentro. Este hecho político cobra relevancia no sólo por su impacto en la relación entre el Estado y las comunidades mapuches, y consiguientes políticas públicas, sino también en la generación de aspiraciones y dimanadas de un grupo social que padecía discriminación y empobrecimiento económico, habiéndose incubado en algunos de sus sectores el resentimiento.

En la década de los 90, en el nuevo escenario de la transición, surgió al interior del mundo mapuche, liderazgos que apuntaban a la revalorización de la cultura mapuche con un marcado interés en potenciar las autoridades tradicionales y rescatar la tradición histórica, incluyendo las expresiones de religiosidad. Esta noción de “lo mapuche” estaba asociada inherentemente a lo político, respecto a asumir la identidad colectiva mapuche y al sentimiento nacionalista que de ello deriva. Es así como actividades culturales o religiosas tenían un componente político orientado a la diferenciación de la cultura chilena y a crear conciencia de la condición de pueblo oprimido y usurpado. Esta movilización, como caldo de cultivo a la expresión de terrorismo que hoy afecta a tres regiones del país, se produjo en un contexto post-dictadura en que las autoridades manifestaban su disposición a abrir canales de participación y restablecer derechos tras el largo periodo autoritario.

De la mano con el inicio de esta etapa se funda el Consejo de Todas las Tierras (Aukín Wallmapu Ngulam), a partir de la Comisión Quinientos Años de Resistencia, que fuera una organización radical que sentaría las primeras bases tanto en lo ideológico como en la convergencia de individuos adeptos al indigenismo autonomista. Entre las principales reivindicaciones estaba la demanda por tierras, cuyo despojo sitúan en el proceso de Ocupación de La Araucanía en 1861, que significó una considerable pérdida de territorio para los mapuches, dando origen a la posterior colonización de chilenos y también europeos en dichos territorios.

El Consejo de Todas las Tierras inició sus actividades políticas predicando acerca de los derechos como pueblo, como la autonomía y el territorio; además, instauró estructuras políticas basadas en las autoridades tradicionales y la organización territorial en lof. Con esta estrategia se persigue “crear conciencia” y “acumular fuerzas”.

A través del Consejo el reclamo por tierras se efectuaba como organización, es decir, con la capacidad de movilizar y aglutinar a los sectores más radicalizados del mundo mapuche, bajo el liderazgo de Aucan Huilcaman, impulsan lo que denominaron proceso de recuperación de tierras, desarrollándose marchas y manifestaciones públicas. Se estaba dando forma a los postulados políticos mapuches, los que eran diseminados en centros de educación, comunidades y en actividades culturales, por tanto, la principal contribución de esta organización para la radicalización del movimiento y el futuro surgimiento de la Coordinadora de Comunidades en Conflicto Arauco-Malleco (CAM), es la diseminación ideológica respecto a conceptos como nación y autodeterminación.

Uno de los elementos interesantes en esta etapa es en el plano de lo simbólico, como medio de cohesión, por la fusión entre lo religioso (o místico) con la política, pues los rituales de antaño eran parte de actividades de naturaleza política como inherentes de la lucha mapuche, por tanto, los jóvenes militantes asumían los postulados ideológicos como esenciales a esa identidad que los unificaba como pueblo.

En lo simbólico no se escatimó en buscar elementos que posibilitaran construir dicha identidad, como el nombramiento de autoridades tradicionales, rituales religiosos, la creación de una bandera, relatos que rescataban la tradición cultural, entre otros, como parte de una cultura política dotada de un aura sagrada.

No obstante lo anterior, el Consejo fue disminuyendo su influencia y el monopolio de la representatividad, frente a jóvenes militantes que aspiraban a una política de mayor confrontación con el Estado y con el enemigo que habían identificado: el neoliberalismo, representado en el territorio mapuche por empresas y agricultores, quienes constituían una amenaza a la supervivencia del pueblo mapuche. Estos activistas ven con admiración el levantamiento en Chiapas por parte del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en 1994; incluso, para apartarse de la estrategia del Consejo forman la Coordinadora Territorial Lafkenche, y en 1996 la Coordinadora Territorial Arauco, la cual es antecesora de la Coordinadora de Comunidades en Conflicto Arauco- Malleco.

En la fundación de la CAM, como organización que emplea la táctica terrorista, fue determinante Héctor LLaitul, quien en 1994 renunció al Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) para dedicarse a la causa mapuche. La vinculación del ex frentista con los militantes de una organización estudiantil llamada Pegun Dugun posibilitó ir generando una base de activistas, que serían futuros militantes de la CAM.

Un hecho importante que marca el inicio de la violencia es la quema de tres camiones de la Forestal Arauco en la comuna de Lumaco, ocurrido el 01 de diciembre de 1997, donde un grupo de comuneros intimidaron con escopetas a los conductores y los instaron a huir para luego rociar con combustible los vehículos e incendiarlos. Sin lugar a dudas, este es el punto de inflexión respecto al uso de tácticas terroristas por parte del movimiento mapuche, pues muchos sectores radicales abogaban por el empleo de la violencia política como medio para visibilizar sus posturas y alcanzar sus reivindicaciones.

Con la movilización generada por la quema de camiones y el creciente interés de comuneros por adherir a esta nueva forma de lucha, es que a fines de 1998 se funda la Coordinadora Arauco-Malleco, como organización revolucionaria y anticapitalista, cuyos medios de acción son la violencia, como atentados incendiarios, tomas de predios y enfrentamientos con la policía. La CAM proclamaba su lucha como el único camino para enfrentar lo que consideraban el exterminio del pueblo mapuche por los efectos del sistema económico, prometiendo para las postergadas y empobrecidas comunidades la redención, y la idealizada reconstrucción de una nación mapuche, que traería justicia y prosperidad. En definitiva, esta organización fue percibida por los jóvenes mapuches como una oportunidad de ser protagonistas en re-escribir la historia de su pueblo y alcanzar una seductora utopía. Cabe precisar que, de acuerdo a la experiencia internacional, uno de los factores que impulsan a individuos a unirse a organizaciones terroristas es la identificación con una causa, asociada a un colectivo de referencia considerado en condición de víctima.

En el contexto de esta “nueva forma de hacer política”, en 1999 se impulsa la recuperación (tomas) de tierras, extendiéndose dichos episodios en distintos puntos de lo consideraban Wallmapu (territorio mapuche). Estas acciones violentas fueron imitadas por otras organizaciones ajenas a la CAM que adherían a los postulados autonomistas, como también por comunidades que no necesariamente aspiraban a la liberación nacional del pueblo mapuche, sino simplemente como medio de presión para reclamar determinados predios agrícolas. Claramente la CAM estaba liderando estas acciones, pero la particularidad es que en su accionar no busca la negociación, ya que impulsa una estrategia de confrontación violenta.

A partir del año 2000, en el gobierno de Ricardo Lagos se generan políticas públicas orientadas a mejorar las condiciones de vida de las comunidades mapuches, como el Programa Orígenes y la oferta pública de la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (CONADI), que incluye la compra de tierras. Dichas políticas generan una pérdida de poder para el movimiento autonomista, pues algunas agrupaciones se desmovilizaron en cuanto al uso de la violencia para acceder a los beneficios estatales. La CAM, no obstante, mantiene sus postulados ideológicos y tácticas de lucha, pese a que policial y judicialmente fueron perseguidas sus actividades. Para el año 2002, muchos de sus dirigentes y militantes se encontraban en prisión, como consecuencia de sus delitos, entre los que se encuentran quemas de plantaciones forestales e infraestructura productiva; siendo denominados por la organización como “presos políticos mapuches”, tal como si se tratara de presos de conciencia.

Es el 2002 cuando fallece el joven militante de la CAM Alex Lemún, en la toma de un fundo en Ercilla, tras recibir un perdigón por parte de carabineros. Este es el primer mártir de la organización, y producto de ello fueron incrementadas las acciones violentas, aumentando el potencial de movilización de la causa mapuche, con lo que se suman nuevos militantes. Dicho incremento en el potencial de violencia, origina acciones judiciales contra la organización, y por consiguiente, un vuelco hacia una faceta clandestina.

Un duro golpe a la organización ocurrió los años 2006 y 2007, cuando son encarcelados importantes dirigentes de la llamada dirección histórica, entre los que se encuentra uno de sus fundadores, Héctor Llaitul, disminuyendo su capacidad operativa y la moral de sus militantes. En este escenario adverso para la CAM, el 03 de enero de 2008 fallece un segundo integrante, Matias Catrileo, mientras se encontraba participando de una “recuperación territorial”; hecho que contribuye a cohesionar al movimiento autonomista y genera sentimientos de ira e indignación moral que, al igual que en el primer caso, dota de mayor potencial movilizador al movimiento mapuche.

Fueron muchos los jóvenes y comuneros mapuches que abandonarán los estudios y obligaciones laborales para desarrollar su rol de militante de la CAM, con la convicción que está cumpliendo la misión histórica de lograr la autodeterminación de su pueblo. Así, los weichafes (guerreros mapuches) con el fanatismo propio de cualquier causa nacionalista y segados por la ideología, dedican sus esfuerzos a liberar a su colectivo.

A partir del año 2010, la CAM ya se encuentra descentralizada en células denominadas órganos de resistencia territorial (ORT), que operan en los diferentes territorios, para con relativa autonomía, según directrices de la organización, ejecutar atentados y ataques incendiarios. En general, entre los factores que diferencian el accionar de esta organización, respecto a periodos anteriores es que crecientemente se comienza a observar el uso de armas de fuego, como también una evidente mejor preparación táctica de los militantes.

El hecho que reviste mayor gravedad se produce el 04 de enero de 2013 cuando es asesinado, en un ataque incendiario, el matrimonio de agricultores conformado por Werner Luchsinger y Vivianne Mackay, en el contexto del aniversario de la muerte de Matias Catrileo. Además de lo horrendo del crimen, es la primera vez que un atentado en La Araucanía tiene resultado de muerte para sus víctimas. Cercano a esa fecha es atacado con disparos un helicóptero que combatía un incendio forestal, presumiblemente causado en forma intencional, en la comuna de Collipulli, siendo heridos tres brigadistas que iban como tripulantes de la aeronave.

Actualmente, la violencia derivada del denominado conflicto mapuche (o “violencia rural” como eufemísticamente prefiere llamarla en gobierno) se encuentra en escalada y no se vislumbra en el corto plazo su final. De hecho, en el presente año salió a la luz pública la agrupación terrorista Weichan Auka Mapu, la cual operaría desde el 2013, y que desde marzo inició atentados a iglesias, luego del desalojo del Seminario Mayor San Fidel en Padre Las Casas, el cual se encontraba tomado desde hace dos años por el Lof Mapu Rofue. Ese hecho marca el inicio del ataque a iglesias (a la fecha han sido quemadas 18) de la mano de un nuevo actor que forma parte del movimiento autonomista mapuche.

La emergencia de nuevos actores al interior del movimiento mapuche, dice relación con su naturaleza política, y a partir de ello con liderazgos y por tanto con diferencias en la definición de estrategias, aún cuando el fin último sea el mismo. En este sentido, en septiembre de 2016 el grupo Lof Lleupeko Katrileo, desconocido por la opinión pública hasta ese momento, a través de un comunicado, se adjudicó el ataque a un centro de eventos en la comuna de Vilcún, el cual terminó con dos personas fallecidas, como parte de lo que denominaron como lucha armada por la recuperación de tierras en La Araucanía. En el hecho fallecieron el hijo del dueño y también uno de los comuneros que habría ingresado al local disparando. El texto, refiriéndose al fallecido, señalaba: “El comando de asalto, encabezado y dirigido por nuestro peñi, buscaba contribuir con este gesto político-militar a la lucha del pueblo mapuche por la recuperación de sus derechos en el Wallmapu”.

Pese a diferencias en estrategia y capacidad táctica, las dos principales orgánicas de este movimiento operan con células en red, con relativa autonomía, bajo una suerte de resistencia no dirigida, donde cada célula toma la iniciativa, a partir de las directrices generales fijadas por su organización. Pese a ello, se trata de acciones que son planificadas tanto en la definición de sus ejecutores, logística como en medidas de seguridad, lo que es propio de una actividad que se realiza en forma encubierta.

A modo de conclusión, es indudable que los postulados de la autodeterminación y recuperación territorial fueron diseminados por la Coordinadora Arauco-Malleco, adquiriendo un rol muy relevante en el proceso de radicalización violenta de una generación de mapuches. Hoy, la ideología que justifica la violencia se encuentra extendida, con un potencial de violencia en incremento, cuya evolución dependerá de los recursos (simbólicos, humanos y materiales) que logren movilizar. En este sentido, el Estado ha carecido de la capacidad de diseñar políticas que generen una respuesta política, social y de seguridad ante este complejo escenario.

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Análisis del Terrorismo Etno-Nacionalista desde la Psicología Social

 

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La actividad terrorista es una táctica orientada a influenciar a determinadas audiencias, con fines políticos, por lo cual se debe situar su análisis en una esfera distinta a la de la psicología, ya que se trata de una estrategia de influencia sociopolítica ejercida por grupos, aún cuando estos sean minoritarios, es recomendable poner especial atención a su dimensión grupal y organizacional. En este sentido, para analizar el fenómeno de la violencia política asociada a la causa mapuche entre las regiones del Bío Bío y Los Ríos es sumamente interesante el trabajo de los académicos De la Corte, Kruglanski, De Miguel, Sabucedo y Díaz, denominando “Siete principios psicosociales para explicar el terrorismo” que fue publicado el año 2007 en la revista española Psicothema, Vol. 19, nº 3. En este artículo los autores describen las bases para una aproximación psicosocial de análisis, definiendo siete principios explicativos que abordan su dimensión como estrategia de influencia, los factores ideológicos y sus aspectos organizacionales.

Estos principios generales son aplicables a expresiones de terrorismo de diverso sello, desde el Salafismo Yihadista hasta el practicado por grupos de la órbita del movimiento nacionalista mapuche. Estos últimos aspiran a la liberación del pueblo mapuche con autonomía política y control sobre un territorio, vale decir, ejercen violencia sobre la base de un sustrato ideológico que le otorga un sentido a su lucha. La aplicación sistemática de violencia, para alcanzar objetivos ideológicos, no obedece a que individuos con patologías psicológicas compulsiva e irracionalmente realizan ataques armados e incendiarios, sino de personas que se han radicalizado y adherido a un constructo ideológico que, mediante la asociación con otros individuos, llevan a cabo una planificada estrategia que conlleva dosificación de la violencia.

En el sentido de lo anterior, los principios psicosociales aplicados a la situación de la violencia política en el denominado conflicto mapuche son:

El terrorismo no debe ser conceptualizado como un síndrome (social o psicológico) sino como un método de influencia sociopolítica:

Los atentados incendiarios en la zona de La Araucanía no son el efecto de determinaciones sociales o psicológicas, sino como resultante de múltiples procesos de interacción social que tienen lugar tanto a nivel intergrupal e intragrupal, entendiendo que estos procesos de influencia se ejercen de manera deliberada y estratégica, para influir en audiencias como empresas forestales, agricultores y el Estado. El movimiento nacionalista mapuche recurre a la táctica terrorista, como mecanismo de influencia, ya que sus objetivos políticos autonómicos no concitan el respaldo de la gran mayoría de la sociedad y además carecen de los medios para concretarlos e imponer su voluntad, es decir, se encuentran en una posición de inferioridad, tanto para lograr la autonomía política del pueblo mapuche como también para erradicar la economía capitalista en el wallpamu. En concreto, los ataques incendiarios de Weichan Auka Mapu a templos religiosos (en tanto símbolos de dominación) son actos de propaganda respecto a sus objetivos políticos para dirigir la atención de sus audiencias y de la sociedad en general hacía sus demandas. Los atentados son comunicación y propaganda.

Los atributos de los terroristas están moldeados por procesos de interacción social:

El que un joven mapuche de la comuna de Ercilla pueda implicarse en actividades terroristas, militando por ejemplo en un ORT de la CAM, suele estar condicionado por la subcultura política en que fue socializado en el ámbito de las relaciones familiares, de amistad e instituciones de educación; siendo estos agentes sociales relevantes en la adscripción a ideas y pautas culturales, para la incorporación activa en la lucha de resistencia mapuche. Dicho de otro modo, la militancia en la CAM pudiese estar precedida por el ingreso a un hogar de estudiantes universitarios mapuches, como ambiente propicio para la radicalización violenta, donde el individuo a través de los lazos de amistad reafirma su identidad colectiva.

Las organizaciones terroristas pueden ser analizadas por analogía con otros movimientos sociales:

El sentido de identidad compartida es propio de cualquier tipo de movimiento, ya se político o religioso. En este caso, los individuos que integran el movimiento etnonacionalista en la zona de La Araucanía se autodefinen como miembros de un colectivo social mucho más amplio, al que consideran agraviado y cuyos intereses y valores se perciben amenazados- el pueblo mapuche como pueblo oprimido- injusticias que se esgrimen como argumentos justificadores de la violencia. En este sentido, Héctor Llaitul ha señalado que “un pueblo oprimido tiene derecho a la rebelión”. Paralelamente, la identificación con un colectivo de referencia hace más atractivo el ingreso a los ojos de los miembros de aquel colectivo (pueblo mapuche).

En contexto de este movimiento se generan dinámicas similares a las de otros movimientos que no practican la violencia, pues existe identidad, valores y pensamiento común entre sus integrantes.

El terrorismo sólo es posible cuando los terroristas y sus aliados logran acceder a ciertos recursos imprescindibles:

La capacidad operativa de un movimiento que emplea la táctica terrorista, entre otros factores, depende en gran medida de su capacidad para obtener o movilizar recursos, que les permita llevar a cabo su campaña terrorista, ya sean recursos económicos, materiales, humanos o simbólicos. En el caso mapuche, por tratarse de atentados incendiarios, no se requiere una logística particularmente sofisticada, sino muy por el contrario, los medios materiales utilizados son rudimentarios y por lo mismo fáciles de adquirir y almacenar, a diferencia de otras expresiones terroristas que utilizan explosivos; pero en este caso no es complejo adquirir armas de fuego ni menos combustible.

En materia de recursos humanos, los autonomistas han desarrollado estrategias de reclutamiento en entornos como centros educacionales y comunidades mapuches radicales, como también el uso de sitios web y redes sociales donde se difunde el mensaje nacionalista mapuche. Por la naturaleza de los ataques, el entrenamiento de los nuevos weychafes es acotado en lo técnico, pero con énfasis en el plano de lo simbólico-ideológico. Cabe precisar que, para la obtención de este importante recurso, es decir militantes, los incentivos no son materiales, sino que psicológicos y se asocian al sentido de propósito y de justicia.

Las decisiones que promueven y respaldan campañas terroristas responden a motivos colectivos ideologizados:

La ejecución planificada de atetados contra vehículos, infraestructura productiva e iglesias, se produce debido a la existencia de una ideología que le da sentido y justificación a esos medios de lucha ante los ojos de quienes los perpetran. Es así como el Nacionalismo de base étnica, aquel patriotismo de comunidad como referente identitario, que se construye sobre la base de una historia y cultura que comparte una etnia; constituye la ideología que impulsa a comuneros y estudiantes mapuches a usar la táctica terrorista, ya que mientras más extendida esté esta corriente de pensamiento en el colectivo de referencia aumenta la cantidad de personas que ingresarán a las agrupaciones violentistas, incrementándose el potencial de violencia.

Los actos y campañas terroristas responden a razones estratégicas, aunque la racionalidad con que los terroristas actúan es parcial y limitada:

En toda campaña terrorista existe planificación de las acciones violentas y tácticas para evitar el accionar de la policía, sin embargo, muchas de las previsiones y evaluaciones que los terroristas hacen sobre sus acciones no serían exactas, pues se dan factores que distorsionan su percepción de la realidad: emociones como deseos de venganza o la ideología, ocasionan que, por ejemplo vislumbren el éxito respecto a conseguir, mediante el uso de la violencia, autonomía política y territorio para un autogobierno del pueblo mapuche, cuya factibilidad es, por decir lo menos, discutible. Incluso, ver la realidad a través de los “anteojos” de la ideología hace que los terroristas subestimen el rechazo que generan sus atentados a iglesias en su colectivo de referencia.

La actividad de los terroristas refleja en parte las características internas de sus organizaciones:

La capacidad de los terroristas para mantener su campaña de ataques incendiarios también depende de las características de sus grupos, que a su vez forman parte de un difuso movimiento nacionalista. En este sentido, la actuación en red con cédulas inconexas, como lo son los órganos de Resistencia Territorial (ORT), permite que al caer una cédula, aún cuando ello signifique disminuir o anular la capacidad operativa en una localidad específica, quedan operativas las demás cédulas terroristas.

Otra dimensión a considerar es la dinámica interna del grupo, la vida en grupo, en términos del aislamiento social y psicológico que experimentan sus integrantes respecto a personas con puntos de vista ideológicos que no pertenecen al grupo, lo que implica, además de ver el mundo desde la etnicidad, la tácita distinción entre buenos y malos, como así mismo sentirse poseedor de una verdad            que involucra redimir a un pueblo oprimido, lo que en definitiva conlleva a un razonamiento sesgado como parte de aquel pensamiento grupal, proceso en que ejercen una poderosa influencia la figura del líder, al igual como ocurre en otro tipo de movimientos sociales y en organizaciones de distinta naturaleza.

En conclusión, analizar el fenómeno terrorista en general, como el que se desarrolla en el sur de Chile en particular, requiere no sólo centrar la atención en variables de tipo socio-estructural y psicológico, ya que son insuficientes para un adecuado análisis, sino recurrir a un enfoque psicosocial que posibilite una mejor comprensión de la violencia política; entendiendo que la interacción entre individuos y su manera de organizarse se relacionan directamente con su forma de operar en el contexto de las actividades encubiertas que desarrollan. Así mismo, el proceso de radicalización violenta, que es individual, también posee una dimensión grupal dada por la socialización y esquemas de pensamiento compartidos, impactan en la capacidad de reclutamiento y, en definitiva, en el potencial de violencia de este movimiento nacionalista.

El radical discurso nacionalista mapuche y la encuesta CEP

ALGUNAS REFLEXIONES…

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Es interesante contrastar los resultados de la encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP) “Los mapuche rurales y urbanos hoy”, realizada entre los meses de marzo y mayo de 2016, con el discurso autonomista del movimiento nacionalista mapuche, del cual forman parte entidades terroristas como la Coordinadora Arauco Malleco y Weichan Auka Mapu; en términos de los objetivos políticos que dicho movimiento ha definido, es decir, la liberación nacional del pueblo mapuche, incluida la autonomía política y control territorial. Dicho movimiento, que promueve un nacionalismo radical y emplea la táctica terrorista, ante la opinión pública presenta sus objetivos como representativos de los anhelos de todo el pueblo mapuche, al que consideran un pueblo oprimido que lucha por su liberación.

El universo de la encuesta CEP, correspondiente a 370.975 personas, incluyó población mapuche a partir de 18 años (urbana y rural) residentes en las regiones VIII, IX, XIV, X y Metropolitana; ya que en dichas regiones se concentra, según el CENSO 2002, el 90% de la población mapuche. La muestra fue de 1.493 personas que se autodefinen como mapuches, y adicionalmente, se entrevistó a 1.606 personas que no se autodefinen como mapuches.

Al analizar los resultados de la encuesta, es inevitable hacer la distinción entre las demandas del pueblo mapuche en general y las demandas de sectores minoritarios del pueblo mapuche que emplean la violencia con fines políticos, ya que no apuntarían en la misma dirección; dicho de otro modo, la mayoría de los mapuches no persigue el  logro de la autonomía y autogobierno en un determinado territorio, sobre la base de un proyecto de reconstrucción nacional. Sin considerar la escasa o nula viabilidad del proyecto autonomista, es revelador que en la encuesta del CEP una alta mayoría de los encuestados, además de sentirse plenamente integrado a la sociedad chilena (82% mapuche rural y 73% mapuche urbano), manifestó su preferencia porque las comunidades mapuches deberían integrarse más al resto de Chile, 70% mapuche urbano y 75% mapuche rural; mientras que un 21% de mapuches rurales y 26% urbano opinan lo contrario, es decir, la autonomía. Pareciera ser que los postulados de los terroristas no representan las aspiraciones de su colectivo de referencia.

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Siguiendo con el tema de la autonomía, resultan muy ilustrativas las afirmaciones de las orgánicas terroristas. Weichan Auka Mapu, en su comunicado del 20 de abril de 2016, textualmente expresa:

Como planteamiento político, está en proponer a las reducciones que conforman esta alianza, el sentido de la lucha de resistencia, ocupación de control territorial de menor a mayor escala de los espacios usurpados por toda forma de opresión winka, mencionada en un principio, hasta lograr como pueblo mapuche la verdadera autonomía.

En idéntica sintonía, previamente la CAM a través de su página https://www.weftun.org, bajo el título “El pensamiento emancipatorio de la Coordinadora de Comunidades Mapuches en Conflicto (CAM)”, señala:

Para una verdadera liberación es fundamental la reconstrucción de nuestro pueblo con un carácter Nacionalitario. “La reconstrucción del Pueblo-Nación Mapuche” se plantea entonces con un carácter autónomo política y territorialmente, en donde la rearticulación de comunidades permitirá mayores grados de organización. “El mayor grado de conciencia política se expresa en el derecho al territorio”. (…) Sin una base territorial y sin los derechos políticos inherentes, es imposible la autonomía real y se imposibilita el desarrollo de una política de liberación nacional. (…) La liberación implica la posibilidad de dotarse de muchos elementos y así reconstruir las estructuras propias para autogobernarse.

Respecto a lo anterior, siguiendo con la encuesta, ante la pregunta: ¿Cómo cree usted que el Estado debería reparar o compensar al pueblo mapuche? La respuesta con la más alta preferencia es “restituyéndoles tierras”, con 45% no mapuche y 49% mapuche; en segundo lugar se encuentra “reconociendo constitucionalmente al pueblo mapuche” con 16% mapuche y no mapuche. No obstante, lo que llama la atención es que la alternativa “concediéndoles autonomía” ocupa el último lugar de las preferencias con un 9% no mapuche y un 3% mapuche; es decir, sólo un 3% de los mapuches encuestados adhiere a la autonomía pregonada por los violentistas como el ansiado anhelo de su pueblo. En este sentido, el respaldo al movimiento nacionalista hubiese quedado demostrado al escoger la autonomía como primera preferencia, ya que no debe perderse de vista que la recuperación de tierras constituye un importantísimo complemento, pero como tal, como condición inherente a la autonomía política.

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El movimiento nacionalista mapuche, en el contexto de su proyecto, también ha elucubrado una sociedad idealizada como resultado del proceso de liberación, que recoge la forma de vida social de los mapuches de antaño y la organización política dada por las autoridades tradicionales; evidenciándose un énfasis en lo colectivo. En la construcción de esta sociedad idealizada, por parte del pueblo liberado, podría resultar complejo el factor de la propiedad de la tierra, ya que, siguiendo con los resultados de la encuesta, el 86% de los mapuches rurales y un 75% de los mapuches urbanos consideran que el mejor dueño de la tierra deben ser las personas y sus familias, manifestando sólo un 12% y 20%, respectivamente, que la propiedad debe ser de la comunidad.

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En lo referente a la dimensión violenta del conflicto, la mayoría de los encuestados califica la convivencia en La Araucanía como muy violenta, pero lo realmente interesante es que el 55% de los mapuches urbanos y el 64% de los mapuches rurales consideran que no se justifica el uso de la fuerza para reclamar tierras. En definitiva, un 58% de los encuestados no justifica el uso de la violencia, mientras que un 33% opina que se justifica en algunas circunstancias y sólo el 8% opina que se justifica siempre, evidenciándose también una considerable disminución del respaldo al empleo de la violencia respecto a igual medición del 2006. Esto es de suma importancia, ya que le resta legitimidad al uso de la táctica terrorista empleada por los sectores más radicales del nacionalismo mapuche.

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De acuerdo a la experiencia internacional, es recurrente en expresiones de terrorismo de diverso sello esgrimir argumentos que precisan objetivos a los que debe aspirar el colectivo de referencia de los grupos terroristas, que incluyen acciones violentas para supuestamente alcanzar dichos objetivos. Las agrupaciones terroristas que operan en la denominada zona de conflicto mapuche, bajo la óptica de sus preceptos ideológicos, y por ende con una sesgada visión de la realidad, tienen altas expectativas de éxito respecto a los efectos sociopolíticos de su actividad terrorista, lo que naturalmente obedece a un cálculo racional donde sopesan medios y fines, pero que no se condice con la realidad.

Como conclusión, para comprender el fenómeno de la violencia política que afecta a tres regiones del país, debe establecerse la diferencia entre los postulados y demandas del pueblo mapuche versus las del minoritario movimiento nacionalista que actúa en su nombre y representación, con metas ideológicas y tácticas que generan escasa adhesión en la base social, sin embargo, por la dimensión propagandística de la acción terrorista tiende a confundirse esta diferenciación, con el consiguiente peligro que ello representa para el diseño de políticas públicas de contención de la violencia, y sobre todo para las políticas de la relación del Estado de Chile con sus pueblos originarios.

 

La Guerra Psicológica del sur de Chile

“Las victorias de los terroristas no se miden en la cantidad de camiones quemados, sino en la capacidad de atraer nuestra atención hacia su causa”

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El terrorismo, mediante la violencia, deliberadamente usa el miedo con objetivos políticos, por tanto no sería exagerado señalar que constituye una forma de guerra psicológica, donde cada atentado es un acto comunicacional para promover una causa e influir sobre audiencias específicas. En este contexto, en el caso de La Araucanía, los violentistas promueven la liberación nacional del pueblo mapuche, que consta de autonomía política y control sobre territorio; como objetivos políticos, que supuestamente representan ansiados anhelos de su pueblo, en cuyo nombre actúan.

Cada ataque terrorista busca la mayor publicidad y atraer la atención de la opinión pública hacía su causa, y es justamente en ese punto en que se mide su éxito. Desean conseguir la atención de la prensa, por lo que incrementan la intensidad del uso de la violencia, y en función de ello planifican su estrategia y los atentados que de ella se derivan. Las victorias de los terroristas no se miden en la cantidad de camiones quemados, sino en la capacidad de atraer nuestra atención hacia su causa.

El atentado, como acción de propaganda, no se dirige sólo a sus afectados directos e inmediatos, sino también a la opinión pública, para que el hecho sea amplificado por los medios de comunicación. Se trata de una planificada puesta en escena que requiere de cámaras y de noticieros que informen del hecho, generando conmoción pública.

El terrorismo desarrollado en la denominada zona de conflicto genera efectos psicológicos, como intimidar a sus audiencias e influir sus comportamientos, por ejemplo atemorizar a los agricultores para forzarlos a abandonar sus tierras, como también inhibir la inversión privada debido a la incertidumbre que genera la permanente violencia. Los actos terroristas son propaganda por el hecho, ya que cada acción supera, en su impacto, a lanzar cientos de panfletos. En el caso del conflicto mapuche, los terroristas han seleccionado como audiencias a: Agricultores, empresas forestales, Estado e Iglesia, y en definitiva al capitalismo como responsable del sometimiento, atropellos y usurpación al pueblo mapuche.

Las acciones violentas en su dimensión propagandística tienen la capacidad de generar un efecto movilizador en la base social del movimiento mapuche, influyendo en aquellos individuos que han atravesado por un proceso de radicalización violenta para pasar del activismo digital a la ejecución de atentados incendiarios, y de facilitar el enganche a una célula. La difusión de los ataques a la audiencia radical despierta la admiración e interés en forjar un compromiso activo con la lucha de resistencia y liberación.

Los terroristas que operan en la llamada zona de conflicto mapuche, diseminan un mensaje y una retorica para ser percibidos como luchadores por la libertad y no como meros terroristas, por lo cual diseñan discursos que justifican la violencia, mostrándola como necesaria para lograr los objetivos políticos. Entre las características más evidentes de esta propaganda se encuentra el desplazar la responsabilidad de los atentados hacia las propias víctimas, aduciendo, por ejemplo, que los atentados incendiarios a maquinaria productiva se debe al saqueo e invasión al Wallmapu, generándose contaminación y un detrimento en la calidad de vida de las comunidades mapuches. Estos hechos son presentados como acciones de represalia y sobre todo como medidas defensivas, y necesarias, ante un enemigo opresor que intenta aniquilar al pueblo mapuche.

El movimiento radical mapuche si bien no han usado en forma intensiva el internet, para diseminar su mensaje, desarrollan sitios que enfatizan supuestos atropellos al pueblo mapuche, como represión policial en allanamientos a comunidades, resaltado la imagen de comunidad víctima, y además se solidariza con los denominados presos políticos mapuches, que dicho sea de paso no son presos de conciencia, sino condenados por la comisión de delitos. Estas páginas están diseñadas para varias audiencias: Pueblo mapuche, para ampliar adhesión a la causa, es decir ampliar la base social de apoyo; comunidad internacional, a fin de internacionalizar la causa, generar apoyos, como pudiese ser recursos financieros de ONGs europeas, y en definitiva para mostrarle al mundo la imagen de un pueblo sometido que dignamente libra una lucha contra un poder central. El esfuerzo está orientado a las percepciones de las audiencias, es una puesta en escena para ganar mentes y corazones.

En estricto rigor, las acciones terroristas perpetradas en tres regiones del país no son exactamente Guerra Psicológica, ya que ésta no implica el empleo de la violencia en forma directa, por lo que se le apoda como “guerra sin fusiles”, no obstante, los atentados incendiarios -sistemáticos y secuenciales- pueden ser entendidos como acciones psicológicas para orientar conductas. El terrorismo nacionalista mapuche es una método de influencia socio-político, es decir, un método de presión para forzar a la sociedad a acceder a sus demandas, originadas en motivaciones ideológicas, fundadas en el patriotismo en su colectivo de referencia y en una visión sesgada de la realidad.

En esta suerte de guerra psicológica el gobierno ha desplegado su táctica comunicacional de negar que la violencia de La Araucanía pueda ser calificada como terrorismo, por lo que utiliza el eufemismo de “violencia rural” para evitar el empleo del bochornoso concepto que podría traer costos electorales y conflictos al interior de la coalición gobernante; obteniendo en dicha maniobra excelentes resultados, ya que incluso lo emplean las propias víctimas y uniformemente la mayoría los medios de comunicación. El concepto Violencia Rural fue repetido y socializado hasta que logró ser instalado sin discusiones, por tanto en Chile hoy categóricamente se puede afirmar que no existe terrorismo sino solamente Violencia Rural.

Sobre la base de lo anterior,  en esta guerra psicológica, y por consiguiente comunicacional, va ganando el movimiento del indigenismo nacionalista y radical, lo cual se evidencia en la relativización del problema por parte del gobierno y la sociedad, ya que se caratula el fenómeno como delincuencia común, negando que se trate de violencia política; de hecho, frente a los atentados de iglesias y a la propiedad privada, no está  la sociedad chilena masivamente condenando el terrorismo en grandes marchas por las principales ciudades del país, y no es la mayoría de la ciudadanía apruebe las tácticas terroristas, sino que ha ganado terreno la percepción de comunidad víctima y oprimida. En este sentido, emplear el concepto de terrorismo hoy pareciera no tener ninguna cabida y ello también es un triunfo de quienes emplean la violencia, en términos del manejo de percepciones.

El terrorismo en la zona de conflicto ha impactado la vida cotidiana, la seguridad de la población y la economía, por lo cual, se requiere de una respuesta tanto estatal como social frente a este fenómeno, lo que implica desarrollar comunicación efectiva que le reste credibilidad al mensaje terrorista, pero evitando la estigmatización del pueblo mapuche y fomentando el dialogo intercultural.

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La Red Weichan Auka Mapu

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El 20 de abril, mediante un comunicado, se dio a conocer ante la opinión pública el grupo Weichan Auka Mapu (Lucha del Territorio Rebelde), en el cual explican sus objetivos y se adjudican más de 30 atentados entre las regiones del Bío Bío y Los Ríos, ejecutados desde el 2013 a la actualidad. Su símbolo, un Kultrún atravesado por una lanza y una escopeta ha sido encontrado en panfletos en los lugares de atentados.

Del análisis del comunicado se desprende la similitud con los postulados ideológicos de la Coordinadora Arauco Malleco, es decir, esta organización también adscribe al Etno-Nacionalismo y al mensaje de la liberación.  Al respecto, se debe comprenderse el rol de la CAM no sólo en su dimensión de ejecutora de atentados, sino también como una organización que difunde sus fundamentos ideológicos e inspira atentados; a partir de su auto-designado rol de vanguardia de la lucha de liberación nacional. Concretamente, la CAM ha potenciado la construcción de un movimiento radical y nacionalista un tanto difuso, del cual forman parte la esfera inmediata de la organización, donde se encuentran los denominados Órganos de Resistencia Territorial (ORT), los cuales funcionan en forma descentraliza; como también, grupos que operan al margen de la estructura de la CAM, pero que comparten sus postulados respecto a la Liberación Nacional.

En el contexto de lo anterior, Weichan Auka Mapu plantea que su lucha, que denomina de resistencia, es por la autonomía política del pueblo mapuche, siendo fundamental para ello el control territorial, la reconstrucción del territorio mapuche, incluyendo la organización política dada por autoridades tradicionales: “ocupación de control territorial de menor a mayor escala de los espacios usurpados por toda forma de opresión winka, hasta lograr como pueblo mapuche la verdadera autonomía”.

El mencionado comunicado expresa la aspiración de la “reconstrucción política, cultural, socio-organizacional y territorial, alejada de todo pensamiento occidental, ya sea de partidos o ideologías políticas de izquierda, marxistas, anarquistas, social demócrata y todas ideas ajenas a nuestra cosmovisión”. Este lineamiento es similar a los postulados autonomistas de la CAM, al igual que la idealización de la vida comunitaria de los mapuches de antaño.

En el centro de su discurso se encuentra la visión, tan recurrente en la mayoría de las expresiones de terrorismo de cualquier sello, de comunidad de referencia víctima, es decir el pueblo mapuche, cuyos intereses se perciben como amenazados, denunciando injusticias y agravios, ante lo cual se elaboran argumentos justificadores del empleo de la violencia. En este sentido, el comunicado identifica al Estado chileno y su modelo económico como responsable del despojo de tierras y ocupación genocida. El uso de la violencia lo presentan como un medio para hacer frente al exterminio del pueblo mapuche.

En definitiva, las motivaciones ideológicas son expresadas con la siguiente declaración: “Abrazando la lucha nacionalista revolucionaria mapuche y rompiendo con toda forma de dominación capitalista, la práctica de la reconstrucción nos hace ser por tanto anticapitalistas y anticolonialistas”.

Específicamente en lo referente al uso de la violencia, planteada en el comunicado como resistencia, la responsabilidad de los atentados es traspasada al Estado como “respuesta obligada a la violencia sistémica que ha ejercido el estado chileno contra nuestro pueblo mapuche”, expresándose como justificada la incorporación del elemento armado, vale decir el uso de armas de fuego. Al igual que la Coordinadora Arauco Malleco, Weichan Auka Mapu explica que sus acciones de violencia son dirigidas a objetivos de carácter material, ya sea maquinaria agrícola, forestal, casas patronales e infraestructura productiva, incluso se plantea como  parte del código de lucha el respeto a la vida humana.

En el plano de la estructura organizativa, esta agrupación debe entenderse no como un grupo férreamente organizado, sino más bien como una reducida red de pequeñas células coordinadas, en la lógica del movimiento autonomista mapuche; de hecho, en el citado comunicado se emplea el concepto de “alianza” para referirse a la organización, indicando que forman parte de ella “diversas reducciones, como también sectores mapuches que fueron desplazados forzadamente”. Concretamente, no se trataría de un grupo cohesionado, con una marcada estructura jerárquica, sino como una agrupación un tanto más difusa con lógica de red.

Indudablemente el surgimiento de este emprendimiento terrorista ha rivalizado el protagonismo con la CAM, ya que esta última organización se concibe a sí misma como la punta de lanza a la liberación nacional, similar al rol que ocupa el partido de vanguardia en la visión leninista, por lo cual, ceder protagonismo y liderazgo no está entre las posibilidades deseadas. Al respecto, en el comunicado del 20 de abril, además de hacerse un reconocimiento a la CAM por su “política de confrontación”, se envía un mensaje de unidad frente a un objetivo común: “A nuestros hermanos de otras orgánicas mapuches llamamos al Llamuwun (respeto) entre Weichafe (guerreros) y a no caer en la descalificación ya que sólo destruye el camino común hacia la liberación”.

En el sentido de lo anterior, si bien existe un proyecto aparentemente similar entre ambas entidades, en términos tácticos de la definición de destinatarios de atentados, se observa una discrepancia respecto a atentar contra iglesias, ya que mientras la CAM ha señalado que “quemar iglesias no es resistencia”, la otra agrupación lo justifica aduciendo el rol histórico que habría desempeñado la iglesia católica en el sometimiento y dominación del pueblo mapuche, tanto en lo referido a ocupación territorial como a sus creencias religiosas, por lo que califican como medidas de justicia el ataque a templos religiosos. Cabe precisar que, la situación que gatilló los ataques fue el desalojo del Seminario San Fidel en Padre Las Casas, que había estado tomado por dos años.

En la opinión pública han surgido dudas respecto a la existencia de esta organización, ante lo cual podría señalarse que tal vez no sería un grupo desde la perspectiva de lo que entendemos como tal, en cuanto a la formalidad y estructura, pero sin duda que se evidencia un patrón común en la forma de actuar, lo que implica coordinación entre personas con un propósito común, y que además residen en dos regiones, pero que tienen un nexo, cierto grado de conexión. Eso es Weichan Auka Mapu, y por muy difuso que sea, incluso si se tratara de un inconexo ORT de la CAM, constituye una amenaza real.

 

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